
Muy cerca de la estatua de Montoya, un poco al este sobre la carretera sur, hay un pequeño busto de un prócer, sudamericano supongo, que tiene una pequeña "fuente", siempre con agua, de vez en cuando los capitalinos observan con la boca abierta, como una mujer, despojada de sus facultades mentales y de toda su ropa, llega hasta ahí, para hacer el ritual de su baño.
Se toma todo el tiempo necesario para dejar limpios todos sus rincones, ante el estupor de los transeuntes y de los conductores que transitan por el rumbo. Algunos se atreven a gritarle improperios, pero ella, sin inmutarse continua con su empeño.
Muchos exclaman: Qué vergüenza, al mirar a la pobre anciana exponiendo sus miserias a todo el mundo, pero a ella no le importa y nada detiene su cotidiana labor.
Muy cerca de ahí, se realizan actos más vergonzosos y denigrantes, sin embargo, ni a los transeuntes ni a nadie en Nicaragua parece sorprenderle. Pobre la gente que se ruboriza con la loca que solo quiere mantenerse limpia.



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