Es para quedarse helado. La noticia de que la selección española ha viajado a México a sostener un encuentro amistoso no tiene nada de sensacional. Lo que mueve a una profunda reflexión es el hecho de que tal como si estuvieran en plena conquista, repartiendo collares multicolores y espejos, los españoles visitaron la Basílica de Guadalupe para agradecer a la virgen del Tepeyac, su divina intermediación ante El Señor para que obrara el milagro de que la Furia Roja ganara la Copa del Mundial de Sudáfrica y hasta le llevaron la Copa ante el altar de la Basílica. Así que fue la virgen morena quien insistió ante el creador con el fin de que este abandonara sus menesteres en Haití, Afganistán o Pakistán para manejar con su poder divino el balón y que el triunfo fuera para los españoles.
Ya no fue la conjunción del talento de los mejores exponentes del futbol europeo y la magistral dirección del seleccionador Vicente del Bosque lo que tuvo que ver con la victoria de los ibéricos, sino la intervención divina.
Como una deferencia y signo de buena convivencia, los mexicanos tal vez disimularán ante el hecho de que les han dado atol con el dedo, pero en la tierra de Carlos Fuentes, Octavio Paz, Carlos Monsivais, no creo que se la coman sin bastimento.
Sería tal vez como un mensaje del Cielo que el partido amistoso terminó en un caballeroso empate de 1-1.
Como dicen los mexicanos: Está cañón.