miércoles, 7 de enero de 2009

¿Qué nombre le pondremos?




Es muy posible que los Managuas nunca cambiemos nuestra costumbre de proporcionar direcciones de la manera más folklórica posible; de donde fue el Gato Abraham dos cuadras arriba, del Ceibón media al lago, de Papún tres y media a la montaña y así por el estilo. No importa que las calles tengan su denominación y las casas tengan su respectivo número, como ocurría antes del terremoto del 72.


En algún momento, las autoridades municipales tendrán que realizar un gran esfuerzo por regular la denominación de las calles y la numeración de cada domicilio. Por eso se haría necesario contar con una ley o norma que regule la denominación de las calles, especialmente cuando se bautiza alguna de ellas con el nombre de personas.

Con el fin de no estar cambiando a cada rato los nombres de las calles o avenidas, como ha sucedido con el nombre de las escuelas públicas, debe de llegarse a un acuerdo que recoja el consenso de la población en cuanto a la denominación, debido a que habría que guardar la esperanza de que habrá alternabilidad en el poder y considerar que las víctimas de un partido son los héroes del otro. Por lo tanto, debe de manejarse nombres de héroes, próceres o personajes nacionales sin connotaciones políticas.


Otra situación a normar y que está contemplado en muchos países es la prohibición de dedicar calles a personas vivas. Después que ocurrieron casos dramáticos en los cuales al final de sus vidas muchos personajes cometieron tremendos errores o desaciertos, o bien que se descubrieron pecados siniestros que el personaje tenía bien guardados, se acordó realizar esa prohibición.


Respecto a esto, se me viene a la mente el caso del Cardenal Miguel Obando y Bravo, que en alguna ocasión constituyera el personaje de mayor credibilidad y respeto en el país. Sobre esta base, se nombró primero una calle en el occidente de Managua y que va del Seminario Nacional al Banco Popular de Monseñor Lezcano y posteriormente a un Paseo que originalmente iba del Hotel Princess a la Radial Santo Domingo. Luego, vino el cambio radical en la imagen del Cardenal y del pedestal en que estaba en la opinión de todos los nicaragüenses, cayó estrepitosamente al suelo. No se sobó por puro orgullo, pero ha sido uno de los más grandes desencantos de parte de un personaje público que se haya visto en la historia de Nicaragua. No confundir con otros que ya desde que nacieron estaban más quemados que una semilla de marañón.

Dicen que del árbol caído todos quieren hacer leña y a los deslices del Cardenal se suman por asociación todos los cometidos por uno de los personajes más nefastos de Nicaragua como lo es Roberto Rivas, artífice del fraude electoral más burdo que jamás se hubiera conocido, incluso a nivel mundial.


Ahora, que como dicen por ahí, nadie da un cacao por el Cardenal, resulta que el Paseo que lleva su nombre, por requerimientos de la demanda vehicular debió ser ampliado y se extiende desde la Avenida Universitaria hasta la Pista El Dorado, surge la duda si debe de mantener su nombre. Es posible que si se realizara un referendum, el purpurado puede llevar las de perder. O tal vez será que el Paseo sea una alegoría de la trayectoria del Cardenal, pues comienza muy elegante en la Avenida Universitaria, con cuatro carriles, muy bien adornada; luego en el trecho después de la Carretera a Masaya, guarda su encanto; sin embargo, en su último trecho, a partir de la Radial Santo Domingo, inicia con una molotera por los semáforos mal sincronizados, se bifurca de una manera odiosa y cae en una ruta de adoquín por las calles del Barrio Carlos Fonseca.

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